Brazos de “Gorila” con las Interfaces Neuronales?

 

Cada vez que surge una nueva interfaz para interactuar con ordenadores
o dispositivos electrónicos aparecen también nuevos problemas
relacionados con su uso que no se tuvieron en cuenta en el diseño
original. Seguro que cuando Douglas Engelbart inventó el ratón de ordenador no pensó en que con el tiempo el síndrome de túnel carpiano
sería un problema para algunos usuarios, que sufrirían de
entumecimiento y dolores por manejar el ratón demasiadas horas al día.
Ahora, en los últimos años, hemos visto cómo los investigadores nos
anuncian nuevas interfaces cerebro-ordenador… ¿Vendrán con algún
problema asociado del que hasta ahora no nos hemos dado cuenta?

Lo sucedido en los años 70 y 80 al respecto es muy significativo y
tal vez pueda servir de lección: era la época en la que se continuaban
explorando formas de interactuar con los ordenadores, entre ellas los
lápices ópticos, las pantallas táctiles, el reconocimiento de voz y
muchas otras. Los investigadores que trabajaban con pantallas sensibles
al tacto y lápices ópticos pronto observaron un problema entre los
sujetos con los que realizaban sus pruebas: al cabo de un rato de estar
trabajando con el ordenador comenzaban a volverse más torpes sin razón aparente.
Gestos y movimientos que hasta entonces habían realizado sin problemas
perdían sensibilidad y precisión. ¿Qué era lo que les estaba sucediendo?

Finalmente descubrieron la causa: los brazos de los seres humanos no
están «diseñados» para mantenerse levantados realizando pequeños gestos y
movimientos durante un tiempo demasiado prolongado. Una cosa es
realizar uno o dos gestos de forma casual y otra es pasar horas y horas
frente a una pantalla eligiendo opciones, navegando por los menús o
dibujando. La gente notaba que los brazos se les volvían torpes y
pesados, que les dolían los músculos, cierta rigidez e incluso pinchazos
molestos. Los expertos llamaron a este efecto colateral no deseado «el efecto brazo de gorila»,
en alusión a cómo se sentían los participantes en las pruebas: como si
sus brazos se hubieran vuelto gigantescos y pesados al cabo de un rato.

Ese fue el fin de muchos dispositivos, como los lápices ópticos y las
pantallas táctiles situadas en posición vertical. De hecho las pocas
pantallas táctiles verticales que han sobrevivido han sido las que se
usan durante poco tiempo, tales como las de los quioscos interactivos de
información o los cajeros automáticos. Las de los modernos tablets
o teléfonos móviles no tienen necesariamente ese problema porque al ser
más pequeñas y ligeras se pueden situar en horizontal en una posición
más cómoda para trabajar.

Y llegó el siglo XXI. La última moda son las interfaces cerebro-ordenador, pero a diferencia de la que vimos en Matrix son más ligeras y menos dolorosas. Casi todos estos sistemas para «leer el pensamiento»
se basan en la misma idea: colocarse un ridículo gorrito de natación
lleno de sensores en la cabeza y registrar en escáneres cerebrales o
alguna variante de resonancia magnética la actividad de lo que «pasa por
nuestra cabeza» en tiempo real. Normalmente esto requiere un proceso de entrenamiento
previo en el que el ordenador graba la secuencia de patrones cerebrales
que está explorando mientras el usuario observa imágenes o lee ciertas
palabras, asociando unas cosas con otras. Cuando la persona más adelante
vea las mismas imágenes o piense en las palabras se repetirá el mismo
patrón cerebral y el ordenador podrá responder a las «órdenes» y
realizar acciones. Mediante esta técnicas se ha conseguido enviar mensajes a Twitter directamente con el cerebro o jugar al ping-pong en el ordenador,
entre otras cosas. Son pequeños hitos, pero los primeros pasos de lo
que está por llegar, que tiene pinta de ser muy interesante.

Lo que no está todavía claro es si este tipo de interfaces puede
tener a largo plazo algún efecto secundario indeseado como el del «brazo
de gorila» de las interfaces táctiles o el síndrome de túnel carpiano:
no es lo mismo usar la cabeza para jugar una partidita rápida, hacer una
demo o realizar pruebas durante un rato que estar constantemente usando
el ordenador con el cerebro. Y una derivada más: en cierto modo a veces
estas interfaces modifican a veces la forma en que se comporta el
usuario al emplearlas: el mejor ejemplo es cómo el sistema de
reconocimiento de caracteres de las primeras PDAs de Palm modificaba la forma de escribir manualmente de los usuarios
para hacer más fácil la entrada de datos. Habrá que considerar qué
podría suceder si la gente tiene que «pensar de otra forma» para hacer
que el ordenador reconozca mejor las órdenes que se le quieren
transmitir. A lo mejor acabamos todos sufriendo extrañas jaquecas o
efectos «cerebros de gorila», quién sabe.

{Foto: (CC) Anders Sandberg)}

Extraido de Microsiervos

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